Posiblemente, la ciudad que más me guste de todas las que conozco, y conozco unas cuantas, sea Estambul. Muchos de vosotros estoy seguro que la conoceis...quizás no tan bien como yo.
Dirigí una empresa Turca durante un año. No viví en Estambul, pero me desplazaba allí una semana al mes. Esta empresa tenía unos 15 empleados fijos y unos 150 eventuales. Instalábamos infraestructuras de telecomunicaciones en el Kurdistán Turco. Creedme, no os podeis imaginar el paisaje pero no os recomiendo que lo comprobeis, allí, nuestros trabajador
es debían ir con escolta policial, porque estaba petado de guerrilleros del PKK. No era extraño que mientras instalábamos una torre se estableciese una ensalada de tiros como en una película del Oeste.
Hablar de Estambul es hablar de un doble espíritu, el europeo, y el del medio oriente. Podias pasear por zonas que creias que estabas en París, para luego sumirte en los bazares de Damasco. Por supuesto veías mujeres que no te hubiese extrañado verlas en Madrid, y otras que más bien podrían ser oriundas de Bagdag en la actualidad.
Me encantaba la sensación de pasar de un continente a otro dentro de la misma ciudad. Varios puentes unen ambas partes.
Habitualmente, la gente vivía en la parte asiática (Anatolia) y trabajaba en la parte europea (Tracia), donde se encontraban los organismos oficiales y la m
ayoría de las empresas. Sin embargo, nuestra Oficina, la teníamos en la parte de Anatolia (Asia). Había muy pocos hoteles allí, y todos carísimos, con lo que solía alojarme en la parte de Tracia,(Europa), cerca del Gran Bazar. Iba del hotel a la oficina en el Barco que atravesaba el Mar de Mármara, para evitar el caótico tráfico de Estambul.
Es una ciudad en la que respiras Historia, con mayúsculas. Desde los restos romanos de la antigua Constantinopla, hasta las ruinas otomanas, como el Palacio de Topkapi, bueno, llamar ruina a esto es una bobada como otra cualquiera o, el legado de Mustafa Kemal Atatürk, padre de la moderna patria turca. La habitación del Palacio de Dolmahbace, donde murió, cuyo reloj permanece a las 9,05 Am que es la hora en la cual falleció.
En la Oficina teníamos una señora cuyo único cometido era servirnos café. Cada vez que veía que ya no tenías café o té en el vaso, aparecía a llenarlo. ¡Y no dijeras que no! Podía pensar que su puesto de trabajo era superfluo. La verdad, nunca supe lo que cobraba aquella buena mujer pero, por lo que me decían, una oficina en Estambul, sin señora para el café, no era una oficina.
Durante el mes de Ramadán tenía menos trabajo. Mi secretaria, Çeyda no lo respetaba. Sin embargo el director de Operaciones y alma mater de la oficina, Suleyman, si. Yo, tambien lo respetaba. No me parecía de recibo estar comiendo o bebiendo mientras ellos me miraban. Quizás, Çeyda, la secretaria, podría hacerlo, no yo, extranjero e infiel.
Eso sí, esa semana de ese mes que me tocaba Ramadán, me iba de la oficina antes porque mi estómago era un concierto de ruidos.
Me encantaba comer en Estambul. La verdad es que la comida en todo el Mediterráneo es muy similar, con los gustos característicos de cada zona. En Estambul podías comer caro, para turistas, o barato y delicioso, para locales. Conocí un restaurante super famoso, que era donde iban las celebridades locales. Me ponía hasta arriba. Nunca pagué más de 10 Euros al cambio.
Otra de las delicias de Estambul, es tomar un bocadillo de caballa recien pescada y asada en una parrilla situada en un barco atracado en el Cuerno de Oro. Memorable.
El espectáculo de los vendedores del Gran Bazar hablando cuantas lenguas necesitasen es digno de verse. Sin embargo, el mercado que siempre me fascinó, fue el egipcio, o de las especias, tal es la cantidad de colores y aromas que se entremezclan. El caviar siempre lo compraba allí. Suleyman tenía un amigo suyo, quien me decía que lo vendía a El Corte Inglés, pero vete tú a saber, jajaja.
En Estambul he tomado el segundo mejor zumo de naranja de mi vida (El mejor, sin duda, en chinatown en Bangkok). Lo tomaba por la calle. Nunca me dió reparo esto, ni siquiera una estupenda sopa que me tomé en mitad de una calle de Shaigon y que mis compañeros me miraban tomarla como si estuviese loco.
Atatürk se llevó la capitalidad a Ankara. Nunca le gustó Estambul. Sin embargo, la razón esgrimida era que era más fácil defender una capital y su gobierno en mitad del país que en un extremo. Ankara simplemente tiene el aparato gubernamental y las empresas públicas. La iniciativa privada está en Estambul.
Hay una excursión deliciosa que es atravesar el Estrecho del Bósforo en barco hasta el Mar Negro. Tardas un par de horas en un barco de línea. Si tomas uno de turistas, te cobran cinco veces más, te dejan en la mitad del estrecho y nunca llegas a divisar el Mar Negro.
Un atardecer en Estambul, desde La Torre Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro, es una de las vistas más impresionantes que se pueden tener en la vida, con el sol reflejándose en el Mar de Mármara y ocultándose bajo el Palacio de Topkapi y la Mezquita Azul.
Una de las experiencias imprescindibles en Estambul, es ir a un baño turco con un nativo. Se te queda la piel como el culito de un bebé y sales realmente como nuevo. Nunca perdonaba un baño con Suleyman. Hay baños para turistas pero, como con la comida...no es lo mismo.
Un día leí que uno de los timos a turistas más extendidos era llevarle a un burdel, "invitarle" a unas copas y luego que el pobre pánfilo pagase las consumiciones de todo el local. Si no estabas de acuerdo, salían un par de primos de zumosol del de la barra, que te convencian rápido. Dió la casualidad de que, paseando una noche al lado de Santa Sofía, se me acercó un chico bien vestido hablándome un correcto castellano. Según él, necesitaba practicarlo, porque lo estudiaba en la Universidad y no perdonaba español para charlar. Me pareció inofensivo y comencé a darle palique.
Al cabo de unos minutos me comentó que si me apetecía una cerveza. Yo estaba solo. Le dije, ¿Por qué no? y me encaminé a un cafe cercano. El me dijo que no, que me invitaba pero que me quería llevar al bar de un amigo que estaba ahí al lado. Ahora pienso que parecía gilorio pero, me siguió sin dar mala espina hasta que entrando en el antro, vi en la oscuridad, veinte mozas de buen ver. En ese momento, la historia se me vino a la cabeza y le dejé al tipo cuando pensaba que tenía al pánfilo que iba a pagar la cuenta del local esa noche, sujetando la puerta.
¡Jamás una historia del periódico me ha venido tan a capón!
