jueves, 2 de octubre de 2008

EL CAMINO A LA RUINA DE UN INVERSOR NO PROFESIONAL POR GROUCHO MARX (COLABORACION DEL JEVY)

Os paso un puro que me ha mandado el Jevy, que se piensa que andamos sobrados de tiempo....Todo sea por mantener las amistades , aunque, pensándolo mejor....¿No os suena de nada?

Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.

Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.

Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo:

- Hace un ratito han subido dos individuos, señor Marx, ¿sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: "Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation"[…]

Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acaba de desayunar y todavía iba en batín.

-En el vestíbulo de este hotel están las oficinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia.

-Harpo -dije-, ¿estás loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros!

De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por ciento.

Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero (1).

El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitual de Wall Street, quien le dijo en un susurro:

-Chico, ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómpralas antes de que sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta.

Chico corrió inmediatamente hacia el teatro, con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrasamos treinta minutos el alzamiento del telón hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir seiscientas acciones. ¡Estábamos entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietarios de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo:

- No ocurre a menudo que alguien entre con tan buen pie en una Compañía como la Anaconda.

El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran "arriba, arriba, arriba". Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar.

Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles, ahora inexistente. -Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Luego añadió:

-¿Por qué no abandonas el teatro y olvidas esos miserables dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway.

-Max -contesté-, no hay duda de que tu consejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam Harris.

Los que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind, Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company.

Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo, con el señor Gordon […] El día anterior, las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije:

-Max, ¿cuanto tiempo durará esto?

Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson.

-Hermano, ¡todavía no has visto nada!

Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo.

- No sé gran cosa sobre Wall Street - empecé a decir en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones? Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo:

- Señor Marx, tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro.

- Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora ¿qué estaba usted diciendo?

Adecuadamente castigado y amansado, respondió:

- Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, pero éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane.

Con cierto cansancio pregunté:

-¿Cree que es una buena compra?

-No hay otra mejor -me contestó-. Si hay algo que todos hemos de usar son las tuberías.

(Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que apareciesen en las listas de cotizaciones.)

-Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amigos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías. -Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de Tuberías Crane? Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, que sean trescientas.

Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses.

En los periódicos actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady (1) (Personalmente opino que vale esos dólares.) Bueno, una vez pague treinta y ocho mil por ver a Eddie Cantor en el Palace[…]

Cantor era vecino mío en Great Neek. Como era viejo amigo suyo cuando terminó la representación fue a verle en su camerino. […]

Encanto -prosiguió Cantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo?

Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente no era así, y comprendí que se dirigía a mí.

Eddie, cariño - contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio!

Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo:

-Precioso, ¿tienes algunas Goldman Sachs?

-Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman Sachs? ¿Una marca de harinas?

Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia mí. Por un momento pensé que iba a besarme.

-¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman Sachs! -exclamo incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores (2).

Luego consultó su reloj y dijo:

-Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156… ¡y a 156 es un robo! (3)

Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos.

¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figurese, si no llego a ir aquella tarde al Teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento en que se abría la Bolsa. Aflojé el veinticinco por ciento de treinta y ocho mil dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman Sachs, la mejor compañía de inversiones de América.

Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway.

Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban a la cantidad que tal y tal valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida- en Wall Street (1). Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión.

De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: "Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse."

Yo no estaba presente cuando la Fiebre del Oro del cuarenta y nueve. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba al todo el país. El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro de que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición.

Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presos del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo tenían el nombre de tales.
Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente. Luego un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. [...] Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo.

El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. [...] Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo. En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía.

Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del Banco para cubrir las garantías. Las acciones de Cobre Anaconda se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creas que no he leído a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a United Corporation se saldó a 3,50. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica ¿Goldman-Sachs a 156 dólares? Cuando la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar por acción.El ir al desahucio financiero no constituyó una pérdida total. A cambio de mis doscientos cuarenta mil dólares obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social el desvelamiento empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación

8 comentarios:

Kikas dijo...

Jevy, es que me suena todo y, lo peor, es ver a todos los que les han pillado con el carrito del helado que, serán los paganos. Los otros, los tiburones de Wall Street, se van de rositas...y si no....al tiempo.
Yo a estos que idean ingenieria financiera a base de papelitos les pagaba sus variables con los mismos papelitos, en vez de con pasta contante y sonante. A lo mejor así tenían algún escrúpulo más.

El 23 dijo...

Los monos

En una ocasión un comerciante apareció en una pequeña población de China con su ayudante y anunció a los habitantes que compraba todos los monos que pudieran encontrar a 10 yuan, con la condición de que los atraparan vivos.

Los habitantes, sabiendo que habían muchos monos en la región, fueron al bosque y comenzaron a cazar monos, abandonando sus labores habituales.

El comerciante compró cientos de monos a 10 yuan la pieza pero como los monos empezaron a escasear, los lugariegos dejaron de cazarlos porque ya no les merecía la pena el esfuerzo.

Entonces el comerciante, a la semana siguiente, elevó el precio a 20 yuan.

Los lugareños, de nuevo, dejaron sus ocupaciones y volvieron a cazar monos. Y ocurrió lo inevitable: era casi imposible encontrar un mono, mucho menos atraparlo, por lo que los lugareños volvieron a sus ocupaciones.

Entonces el comerciante anunció que compraría los monos a cien yuan cada uno y que, como tenía que ir a la ciudad, su ayudante se ocuparía de las compras.

El comerciante se marchó y el asistente llegó al pueblo con cuatro camiones enormes llenos de monos y dijo a los habitantes reunidos en la plaza del pueblo:

"Mirad, estos son todos los monos que mi jefe os ha comprado. Os los vendo a 50 yuan la pieza y cuando vuelva mi jefe, se los podréis revender a 100 yuan".

Ante la perspectiva de doblar su dinero en unas pocas horas, los lugareños reunieron todo el dinero que tenían, algunos hasta vendieron todo lo que poseían, y compraron todos los monos a 50 yuan.

A la noche, el asistente desapareció sin dejar rastro y nunca se volvió a ver por allí ni a él ni a su jefe. Lo que si se vió en el pueblo fue la plaga de monos que dejaron detrás.

Bienvenidos a la bolsa.

Moraleja: en este mundo hay muchas personas que se hacer la ilusión de que es posible conseguir algo a cambio de nada. Quienes tienen este convencimiento son el blanco fácil de los timadores, entre otras cosas, porque merecen ser timados. Si me apuras, los timadores hacen una función social: devolver a los ilusos a la realidad.

Kikas dijo...

Me sabía la historia, 23; El problema es que, si te fijas, las grandes fortunas de la humanidad, son "financieros", especuladores que ganan auténticas fortunas cambiando "papelitos" de sitio. Pero ellos, que son el espejo en el que mucha gente se mira, juegan con cartas marcadas, porque poseen información privilegiada y son capaces, puestos de acuerdo, de cambiar los papelitos en un momento dado de lugar y pillar a todo el mundo con el paso cambiado. Ahí están los ilusos. gente que se cree que puede jugar a ese juego, cosa que es verdad, pero que sus reglas son las mismas que las del tiburón....y eso es lo que no es verdad.
Bueno, que el otro día me llamaron para que cambiase mi plan de pensiones referenciado al IBEX 35 porque estaba muy mal la bolsa, y contesté, que no pensaba jubilarme mañana...pero claro...yo no soy un "financiero", sino un iluso

argos dijo...

¿Quien dijo que soñar es "gratis"?

Kikas dijo...

Joder, ni gratis ni tan caro.
Por la mitad de precio me compro alguna realidad y me dejo de potencialidades virtuales, ;-)

El 23 dijo...

Leo con horror que se ha formado una asociación de emigrantes que reivindican que el gobierno español les ayude, con subvenciones, para hacer frente a los pagos de las hipotecas contratadas y que ahora no pueden pagar. El argumento que utilizan es que "los bancos, prácticamente nos metieron las hipotecas por los ojos".

Es mi opinión que las personas que no saben asumir sus propios errores tienen menos posibilidades de encontrar soluciones.

Las empresas, utilizan toda clase de mecanismos de mercadotecnia (y los bancos son los primeros de la clase) para meter por mis ojos toda clase de productos y servicios. Ese es el trabajo de los empleados de las empresas comerciales y se espera que lo hagan. Mi trabajo, consiste en proteger la independencia financiera de mi familia y como ese es mi trabajo, se espera que lo realice. Por ello, aunque pertenezco al 5% de los más ricos del mundo (creedme que es mucho más fácil de lo que pensáis), tengo una televisión analógica (la que tenía mi mujer de soltera), un coche de segunda mano (que funciona estupendamente), y hago multitud de reparaciones en la casa, evitando los costosísimos servicios de los constructores belgas. Y ya puede venir Og Mandino (El autor de "El mejor vendedor del mundo") que yo no compro algo que pone en riesgo dicha independencia financiera que tengo el encargo de custodiar.

Mi empresa compró hace dos años un apartamento que dedica a alquiler. El nuevo inquilino de este año es un rumano que trabaja como fontanero. La primera reivindicación que me planteó a los pocos días de ocupar el piso fue que le instalara una antena de televisión. Yo le dije que si quería alguna antena en especial que se la pagara el mismo. Me dijo que no podía pagarla (costaba 250 Euros) y que estando lejos de su tierra, la televisión le entretiene mucho. Accedí a instalarle la antena y cuando fuí con el instalador para darle acceso a la vivienda, ví su televisor. Yo, francamente, me esperaba un modesto televisor portátil pero cuál no fue mi sorpresa cuando me encontré con un televisor de plasma de 38 pulgadas (para los no familiarizados con el sistema métrico anglosajón eso es casi un metro de esquina a esquina). Ese enorme aparato, con cuyo precio podrá haber pagado el alquiler y gastos de medio año contrastaba rudamente con la cortedad de su salario. Me pregunté cómo podía este muchacho pagar un lujo así. La respuesta es la siguiente: no puede. Hace dos meses que dejó de pagar el alquiler.

El hecho de tener dinero, o peor aún, crédito abundante en un momento determinado genera lo que los economistas llaman "ilusión financiera" que lleva a responder con facilidad a cualquier cosa que "nos metan por los ojos" para después al no poder hacer frente a las deudas, reclamar al maestro armero. Ese comportamiento, normal en mi hija de cinco años, es absolutamente despreciable en un adulto, pero parece que incluso desde los poderes públicos se estimula, entre otras cosas, manteniendo los tipos de interés anormalmente bajos, lo que fuerza a los bancos a tener que hacer préstamos (para generar suficiente volumen) a personas a las que, en condiciones normales, no dejarían entrar por la puerta y, en consecuencia, a hacer piruetas (la famosa ingeniería financiera de la que habla Kikás en su comentario) que aunque pueden generan pingües beneficios llevan a asumir enormes riesgos cuyas consecuencias estamos viendo ahora.

A nivel general, poco podemos hacer: las crisis son ciclicas, ocurren cada pocos años y sirven para sanear la economía, eliminando las empresas peor gestionadas. A nivel particular se puede hacer mucho para estar preparado para cuando vengan mal dadas. Por cierto, que las crisis económicas personales pueden no coincidir necesariamente con una crisis general.

Prometí hablar de la teoría económica de mi abuela y cumplo ahora mi promesa.

Yo tuve con mi abuela una excelente relación. Con ella aprendí más sobre economía que en la facultad. Mi abuela me demostró sobradamente que para gozar de independencia financiera no es necesario tener una sólida formación económica (mi abuela leía con dificultad y jamás la ví escribir salvo para firmar) pero cada vez que entraba en una oficina bancaria parecía que había entrado el sargento en la camareta. Porque era dura negociando.

Tenía CUATRO PRINCIPIOS fundamentales que aplicó TODA SU VIDA: (Lo pongo en mayúsculas porque es importante señalar que eran literalmente cuatro principios y que los aplicó toda su vida. Principios sencillos, aplicados siempre):

1. "No gastes el dinero que no tengas". Tenía una enorme aversión a los préstamos y a las hipotecas que son instrumentos para gastar hoy el dinero que teóricamente vas a ganar en el futuro. Desde luego, que no entraría en su cabeza pedir un préstamo para comprar un coche, o un televisor ni mucho menos para ir de vacaciones o para invertir en bolsa (no se extrañen, que todo esto pasa). Sí entendía, sin embargo, pedir prestado para iniciar un negocio de contrastada rentabilidad.

2. "No le des dinero a nadie por quien no pondrías la mano en el fuego". Esto supone no solamente no hacer préstamos a personas poco fiables. También significa no comprar bienes o servicios de personas que no tengan una trayectoria irreprochable o depositar dinero en una entidad financiera de dudosa solvencia. (Ni Fidecayas, ni Gescarteras, ni Forum Filatelico ni inversión en maderas nobles)

3. "Este dinero que te doy es para que lo tengas, no para que lo gastes". - "Y si no puedo gastarlo para que me sirve el dinero". - "Para poderlo gastar cuando no puedas ganarlo". Jo, parece un fondo de pensiones.

4. "Si no entiendes en que estás invirtiendo tu dinero, no lo inviertas". Me costó Dios y ayuda convencerla para que invirtiese en bolsa. No lo entendía. Se lo tuve que explicar innumerables veces hasta que entendió como funcionaba y porqué era imposible perder dinero en una situación en que los tipos de interés pasaban del 14% al 8%. El dinero que invirtió en la bolsa se dobló en año y medio en empresas de primera categoría. Cuando se dobló el dinero, vendimos, le pareció suficiente, a mí no. Le parecíó que la bolsa no podía subir indefinidamente. Aún subió un 50% más, y luego, catapúm. Mi abuela tenía razón. Entendió muy bien que la Bolsa es un juego de suma cero, es decir, que para que unos ganen, otros tienen que perder.

Perdonen por este comentario tan largo, pero creo que puede ser útil, para evitar que, si no esta, por lo menos la próxima crisis, no golpee tan fuerte.

Para terminar, os dejo con alguien que sabe mucho de hacer dinero, aunque no de hablar inglés. Observaréis que es un alumno aventajado de mi abuela.

http://www.youtube.com/watch?v=yelx7HQVtnc&feature=related

Kikas dijo...

23, mudo me he quedado despues de la lección de sentido común que, para variar, nos has mandado en tu anterior comentario.
Y es que completar algo tan básico, pero tan difícil de entender en muchos casos, queda fuera de mis posibilidades en este momento.
Simplemente, y ayer lo comentaba con Carmen, tomar como ejemplo las escasas inversiones que he realizado en mi vida. Nunca me he metido, teniendo posibilidades para ello, en algo que, viniendo mal dadas, no pudiese responder de ello. Por eso, en vez de cuatro casas solo tengo dos, las dos completamente pagadas, y en vez de vivir en Versalles, vivo en una Ciudad de clase Media-alta, cerca de Madrid, disfrutando de un piso de 130 metros en vez de un hiper mega apartamento duplex con departamento para mí, en vez de un humilde despacho que comparto con quien tenga que utilizar el ordenador en ese momento.
Una vez más, y espero que sean muchas, muchas más, gracias por ilustrarnos y estar ahí

Mela dijo...

Kikas... esta entrada es muy cómica
Harpo, yendo a comprar acciones vestido con un batín ;-)
Me he carcajeado con la réplica del señor Marx cuando dice... "Oiga, buen hombre..." y lo que sigue
El profeta financiero tenía razón... todo lo que sube, debe bajar
También hay otro profeta que dijo... toda persona que se marcha, debe volver